Dicen que hace siglos, en una noche de tormenta en Jalisco, los rayos cayeron con tanta furia sobre los campos de agave que partieron la tierra y encendieron el cielo. Cuando la tormenta se calmó, un aroma dulce comenzó a flotar entre el aire húmedo. Los lugareños siguieron aquel perfume y descubrieron que las piñas de agave, heridas por el fuego celestial, dejaban escapar un jugo dorado y fragante.
Al probarlo, sintieron un sabor distinto a todo lo conocido. Lo guardaron durante algunos días, y al volver a beberlo notaron que aquel néctar no solo era delicioso, sino que llenaba sus corazones de alegría, valentía y celebración. Habían recibido un regalo de los dioses.
Fue entonces cuando comprendieron que Mayáhuel, diosa del agave, había abierto sus brazos para compartir con los hombres el secreto de la embriaguez divina, alimentando a través de su magia a sus hijos: los míticos 400 conejos, espíritus del festejo. Cada uno traía consigo un ánimo distinto: el alegre, el cantarín, el soñador, el enamorado… Y hasta hoy, se dice que al beber tequila es uno de esos conejos quien guía nuestra celebración.
Con el paso del tiempo llegó la destilación, y de aquel misterio ancestral nació una bebida única, intensa y orgullosamente mexicana: el Tequila.
Hoy, en cada botella de Látigo Negro, vive la fuerza de aquella tormenta, el espíritu de Mayáhuel y la chispa de los 400 conejos.
Un sorbo es un recuerdo de su origen sagrado.
Una copa, un llamado a la fiesta.
Un brindis, un latigazo de vida.